Reflexión sobre el Evangelio: XIV Domingo Ordinario

Salmo Responsorial

Salmo 144, 1-2. 8-9. 10-11. 13cd-14

R. (1) Acuérdate, Señor, de tu misericordia.

Dios y rey mío, yo te alabaré,

bendeciré tu nombre siempre y para siempre.

Un día tras otro bendeciré tu nombre

y no cesará mi boca de alabarte.

R. Acuérdate, Señor, de tu misericordia.

El Señor es compasivo y misericordioso,

lento para enojarse y generoso para perdonar.

Bueno es el Señor para con todos

y su amor se extiende a todas sus creaturas.

R. Acuérdate, Señor, de tu misericordia.

El Señor es siempre fiel a sus palabras,

y lleno de bondad en sus acciones.

Da su apoyo el Señor al que tropieza

y al agobiado alivia.

R. Acuérdate, Señor, de tu misericordia.

Que te alaben, Señor, todas tus obras,

y que todos tus fieles te bendigan.

Que proclamen la gloria de tu reino

y den a conocer tus maravillas.

R. Acuérdate, Señor, de tu misericordia.

Evangelio

Mateo 11, 25-30

En aquel tiempo, Jesús exclamó: "¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.

El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre; nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga y yo les daré alivio. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga, ligera''.

Reflexión

En el Evangelio de hoy, Jesús promete descanso a todos los que están fatigados y agobiados. Sin embargo, no se refiere al tipo de descanso que quizá muchos disfrutamos durante este fin de semana festivo, relajándonos en una silla al aire libre con una bebida bien fría. Jesús nos promete un descanso más verdadero y profundo — uno que no implica la ausencia de trabajo.

Apenas dice: “yo les daré alivio”, añade inmediatamente: “tomen mi yugo sobre ustedes”. Y luego vuelve a decir: “encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga, ligera”. El descanso que Jesús ofrece se encuentra precisamente en Su yugo. ¿Cómo puede ser esto?

Quien busca conocer y seguir a Jesús descubre que la vida cristiana está llena de sufrimientos. Sin embargo, el yugo de Cristo transforma la manera en que vivimos y afrontamos esos sufrimientos. Él nos dice: “aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Con frecuencia, la raíz de la angustia y la división en nuestra vida es nuestro orgullo. Exageramos nuestra propia importancia y confiamos demasiado en nuestras propias fuerzas. Nos preocupamos excesivamente por la opinión de los demás y, al mismo tiempo, nos imponemos la carga de llevar solos nuestros problemas. De ese modo, hacemos que nuestras cargas sean aún más pesadas. La virtud, en cambio, es una disposición estable para hacer el bien con facilidad. La virtud de la humildad, por tanto, aligera nuestras cargas, pues nos dispone a elevarnos por encima de la opinión ajena y a reconocer con sencillez cuándo necesitamos ayuda.

Jesús ilustra esta realidad al comienzo del Evangelio de hoy cuando ora: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla!”. Jesús presenta la pequeñez — la humildad y la mansedumbre — como el ideal. Al hacernos como niños, es más fácil que confiemos plenamente en Dios, sin Quien nada podemos hacer.

Santa Teresita del Niño Jesús fundamentó su espiritualidad del “caminito” en este pasaje. Comprendió que hacerse como un niño pequeño, confiando en Dios y abandonándose por completo a Su cuidado, es un camino seguro hacia la santidad. En su autobiografía escribió: “Jesús me muestra el único camino que conduce al horno ardiente del Amor; ese camino es el abandono de uno mismo; es la confianza del niño pequeño que duerme sin temor en los brazos de su padre”.

Como dice el salmo de hoy: “Da su apoyo el Señor al que tropieza y al agobiado alivia”. Una vez más, estamos llamados a ser como niños pequeños, acudiendo a nuestro Padre celestial para que nos ayude. Él nos promete que así lo hará.

Por favor tengan la certeza de mis oraciones por ustedes frente a Nuestro Señor, presente en el Santísimo Sacramento del Altar.

+ Obispo Schlert



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