Primera lectura
1 Reyes 3, 5. 7-12
En aquellos días, el Señor se le apareció al rey Salomón en sueños y le dijo: "Salomón, pídeme lo que quieras, que yo te lo daré".
Salomón le respondió: "Señor, tú trataste con misericordia a tu siervo David, mi padre, porque se portó contigo con lealtad, con justicia y rectitud de corazón. Más aún, también ahora lo sigues tratando con misericordia, porque has hecho que un hijo suyo lo suceda en el trono. Sí; tú quisiste, Señor y Dios mío, que yo, tu siervo, sucediera en el trono a mi padre, David. Pero yo no soy más que un muchacho y no sé cómo actuar. Soy tu siervo y me encuentro perdido en medio de este pueblo tuyo, tan numeroso, que es imposible contarlo. Por eso te pido que me concedas sabiduría de corazón para que sepa gobernar a tu pueblo y distinguir entre el bien y el mal. Pues sin ella, ¿quién será capaz de gobernar a este pueblo tuyo tan grande?"
Al Señor le agradó que Salomón le hubiera pedido sabiduría y le dijo: "Por haberme pedido esto, y no una larga vida, ni riquezas, ni la muerte de tus enemigos, sino sabiduría para gobernar, yo te concedo lo que me has pedido. Te doy un corazón sabio y prudente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti. Te voy a conceder, además, lo que no me has pedido: tanta gloria y riqueza, que no habrá rey que se pueda comparar contigo".
Evangelio
Mateo 13, 44-52
En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: "El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo.
El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una perla muy valiosa, va y vende cuanto tiene y la compra.
También se parece el Reino de los cielos a la red que los pescadores echan en el mar y recoge toda clase de peces. Cuando se llena la red, los pescadores la sacan a la playa y se sientan a escoger los pescados; ponen los buenos en canastos y tiran los malos. Lo mismo sucederá al final de los tiempos: vendrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los arrojarán al horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación.
¿Han entendido todo esto?'' Ellos le contestaron: "Sí". Entonces él les dijo: "Por eso, todo escriba instruido en las cosas del Reino de los cielos es semejante al padre de familia, que va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas".
Reflexión
En el Evangelio de hoy, Jesús pone en perspectiva todos los deseos y preocupaciones del mundo mediante Sus parábolas sobre el Reino de los Cielos. La realidad del Reino de Dios, que ya ha comenzado en la tierra y nos promete la gloria infinita del Cielo, es más valiosa que todo lo que poseemos.
Jesús compara el Reino de los Cielos con un tesoro escondido en un campo: tan valioso que un hombre vende todo lo que tiene para comprar ese campo y hacerse dueño del tesoro. La siguiente parábola es similar, pues compara el Reino con una perla de gran precio que un comerciante también vende todo lo que posee para comprar.
Estas parábolas pueden parecernos un tanto extrañas — ¿Por qué alguien renunciaría a todo por un tesoro? ¿No se supone que un tesoro sirve para obtener más bienes y comodidades? ¿No tendrían estas personas que vender inmediatamente ese tesoro para comprar otra casa, ropa y alimentos? Esa aparente insensatez nos ayuda a comprender una verdad profunda sobre el Reino de los Cielos. Sí, el Reino de los Cielos es tan valioso como una perla preciosa, pero, a diferencia de una perla, no existe para mejorar nuestra vida terrena. Más bien, nuestra vida terrena existe para conducirnos al Reino de los Cielos. Todo cuanto hacemos y tenemos debe estar al servicio de Dios y de Sus designios, acercándonos cada vez más a Él.
Con esta perspectiva, comprendemos que el comerciante no fue insensato en absoluto. Al contrario, entendió con sabiduría que aquella perla no era simplemente un medio para alcanzar una vida mejor—sino la vida misma que siempre había anhelado.
A los ojos del mundo, Salomón, de quien escuchamos en la primera lectura de hoy, también pudo haber parecido insensato al recibir de Dios la posibilidad de pedir cualquier cosa y solicitar únicamente "sabiduría de corazón". En cierto sentido, al igual que el comerciante de la parábola, “renunció” a todo por una sola joya. Para Salomón, esa joya no era una perla que representara el Reino de los Cielos, sino la sabiduría necesaria para gobernar bien el Reino de Dios. Desde luego, Salomón no estaba siendo insensato. Tuvo la humildad y la perspectiva para reconocer lo que verdaderamente era importante. Comprendió que una larga vida o grandes riquezas de poco le servirían si llegaba a ser un mal rey.
Por eso, preguntémonos: ¿de qué sirve todo lo que tenemos si no nos acerca más a Dios? Los invito a unirse a mí para pedir al Señor la sabiduría de Salomón. Que Dios purifique nuestros corazones y nos conceda la gracia de ponerlo siempre en el centro de nuestra vida.
Por favor tengan la certeza de mis oraciones por ustedes frente a Nuestro Señor, presente en el Santísimo Sacramento del Altar.
+ Obispo Schlert
