Reflexión sobre el Evangelio: XIII Domingo Ordinario

Primera lectura

2 Reyes 4, 8-11. 14-16a

Un día pasaba Eliseo por la ciudad de Sunem y una mujer distinguida lo invitó con insistencia a comer en su casa. Desde entonces, siempre que Eliseo pasaba por ahí, iba a comer a su casa. En una ocasión, ella le dijo a su marido: “Yo sé que este hombre, que con tanta frecuencia nos visita, es un hombre de Dios. Vamos a construirle en los altos una pequeña habitación. Le pondremos allí una cama, una mesa, una silla y una lámpara, para que se quede allí, cuando venga a visitarnos”.

Así se hizo y cuando Eliseo regresó a Sunem, subió a la habitación y se recostó en la cama. Entonces le dijo a su criado: “¿Qué podemos hacer por esta mujer?” El criado le dijo: “Mira, no tiene hijos y su marido ya es un anciano”. Entonces dijo Eliseo: “Llámala”. El criado la llamó y ella, al llegar, se detuvo en la puerta. Eliseo le dijo: “El año que viene, por estas mismas fechas, tendrás un hijo en tus brazos”.

Evangelio

Mateo 10, 37-42

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará.

Quien los recibe a ustedes me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.

El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo.

Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa”.

Reflexión

Las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy nos enseñan cómo ordenar rectamente nuestro amor. San Agustín escribió en Sobre la doctrina cristiana que "a todo hombre, en cuanto hombre, se le debe amar por Dios y a Dios por sí mismo", y que "debemos amar al prójimo y a nosotros mismos por Dios". Estas palabras resumen el mensaje de Cristo. Cuando Jesús dice: "El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí", nos muestra que incluso el amor a nuestra familia puede desviarse si no ocupa el lugar que le corresponde. Incluso las cosas buenas — incluso los grandes amores — pueden desordenarse cuando se convierten en ídolos y se valoran por encima de Nuestro Señor.

Jesús no quiere decir que debamos dejar de amar a nuestra familia y a nuestros amigos. La Sagrada Escritura nos manda amar al prójimo como a nosotros mismos, e incluso amar a nuestros enemigos. Lo que Él nos enseña es que debemos amar a todos por amor a Dios. Es decir, reconocer en cada persona a un hijo amado de Dios y amar la imagen de Dios que refleja. Jesús ilustra esta verdad cuando dice: "Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa". Jesús alaba a quien reconoce la relación de ese "pequeño" con Dios y lo ama precisamente por esa razón.

Ordenar correctamente nuestro amor no significa negar el valor intrínseco de las demás personas ni verlas simplemente como un medio para alcanzar un fin. Al contrario, amar a los demás por amor a Dios es reconocer verdaderamente aquello que los hace dignos de ser amados — la huella divina, única e irrepetible, impresa en cada uno de ellos — y también significa no imponerles la imposible responsabilidad de ser la fuente de nuestra felicidad definitiva.

La segunda gran enseñanza del Evangelio de hoy es que el amor exige sacrificio. Jesús nos invita a tomar nuestra cruz y seguirlo, y nos dice: "El que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará". El misterio del amor sacrificial consiste en que quien ama no termina con menos a causa de su entrega. Como dice la conocida oración, frecuentemente atribuida a san Francisco de Asís: "porque es dando como se recibe". Dios nos creó para el amor divino, que es donación total de sí mismo. Cuanto más vivamos conforme a este designio de vida, mayor será nuestra plenitud. Hoy Jesús nos asegura que, al entregar nuestra vida por amor, recibiremos una eternidad de amor infinito.

Unámonos para pedirle a Dios la gracia de amar bien — hoy y por toda la eternidad.

Por favor tengan la certeza de mis oraciones por ustedes frente a Nuestro Señor, presente en el Santísimo Sacramento del Altar.

+ Obispo Schlert



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