Reflexión sobre el Evangelio: VII Domingo de Pascua

Primera lectura

Hechos 1, 12-14

Después de la ascensión de Jesús a los cielos, los apóstoles regresaron a Jerusalén desde el monte de los Olivos, que dista de la ciudad lo que se permite caminar en sábado. Cuando llegaron a la ciudad, subieron al piso alto de la casa donde se alojaban, Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago (el hijo de Alfeo), Simón el cananeo y Judas, el hijo de Santiago. Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con María, la madre de Jesús, con los parientes de Jesús y algunas mujeres.

Evangelio

Juan 17, 1-11

En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: “Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo también te glorifique, y por el poder que le diste sobre toda la humanidad, dé la vida eterna a cuantos le has confiado. La vida eterna consiste en que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado.

Yo te he glorificado sobre la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste. Ahora, Padre, glorifícame en ti con la gloria que tenía, antes de que el mundo existiera.

He manifestado tu nombre a los hombres que tú tomaste del mundo y me diste. Eran tuyos y tú me los diste. Ellos han cumplido tu palabra y ahora conocen que todo lo que me has dado viene de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste; ellos las han recibido y ahora reconocen que yo salí de ti y creen que tú me has enviado.

Te pido por ellos; no te pido por el mundo, sino por éstos, que tú me diste, porque son tuyos. Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío. Yo he sido glorificado en ellos. Ya no estaré más en el mundo, pues voy a ti; pero ellos se quedan en el mundo’’.

Reflexión

Las lecturas de hoy presentan un hermoso paralelismo entre Jesús orando por los Apóstoles y los Apóstoles dedicándose a la oración, y estas dos escenas nos ofrecen importantes lecciones para nuestra propia vida de oración.

El Evangelio contiene los comienzos de lo que nuestra tradición llama “La oración sacerdotal de Jesús”, cuando Él ora por Su pueblo y en favor de Su pueblo. Su petición inicial es: “Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo también te glorifique…” Esta solicitud no es un reclamo arrogante de honor, sino un deseo de glorificar al Padre. La gloria de Jesús es inseparable de la del Padre, como lo muestra cuando dice: “Ahora, Padre, glorifícame en ti con la gloria que tenía, antes de que el mundo existiera”.

La manera en que Jesús estructura Su oración con esta petición inicial por la gloria de Dios se refleja en cómo enseña a Sus discípulos—y a todos nosotros—a orar en los Evangelios de Mateo y Lucas. Cuando nos da el Padrenuestro, nos indica comenzar: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.” Aunque las traducciones al español (y al inglés) a veces no lo dejan claro, esta línea es en realidad una petición, más bien como “que Tu nombre sea santificado.” En otras palabras, oramos para que Dios sea glorificado. Cristo sabe que esta debe ser la primera petición en nuestros corazones cuando oramos, y Su propia oración no es diferente.

Cuando los Apóstoles, junto con María y los familiares de Jesús, se dedican a la oración en nuestra primera lectura, podemos imaginar que estaban poniendo en práctica esta oración por la gloria que Jesús enseñó y mostró.

Jesús sabe que Su camino hacia la gloria pasa por la Cruz, Su Resurrección y luego la Ascensión al Cielo. Así que, consciente de que los dejará, ora por los Apóstoles que “se quedan en el mundo” mientras “[ya] no estar[á] más en el mundo, pues [irá al Padre].” Los Apóstoles parecen haber tomado estas palabras en serio, pues ellos también responden a la partida de Jesús al Cielo con oración. Saben que, sin Jesús caminando entre ellos, necesitan aún más la gracia y guía de Dios.

Podemos imitar a los Apóstoles, no solo en que oraron, sino también en cómo lo hicieron. Oraron en comunión unos con otros y con María, Madre de Dios. De la misma manera, orar juntos por la gloria de Dios, pidiendo la intercesión de la Santísima Virgen, es el sustento vital de la Iglesia. En este Año de Aniversario de la Diócesis de Allentown, que es un Año Eucarístico y Mariano, es aún más adecuado que nos dediquemos, junto con María, a la gloria de Dios.

Únanse a mí en la oración como Jesús y los Apóstoles, con María, por la gloria de Dios y el futuro de la Iglesia.

Por favor tengan la certeza de mis oraciones por ustedes frente a Nuestro Señor, presente en el Santísimo Sacramento del Altar.

+ Obispo Schlert



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