Segunda lectura
2 Corintios 13, 11-13
Hermanos: Estén alegres, trabajen por su perfección, anímense mutuamente, vivan en paz y armonía. Y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes.
Salúdense los unos a los otros con el saludo de paz.
Los saludan todos los fieles.
La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con ustedes.
Evangelio
Juan 3, 16-18
"Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios".
Reflexión
En la Solemnidad de la Santísima Trinidad que celebramos hoy, nuestra Iglesia nos invita a hacernos una pregunta fundamental: ¿quién es Dios? Nuestra misión en la vida es conocer, amar y servir a Dios, y el misterio de la Trinidad nos recuerda que conocer a Dios es mucho más que simplemente reconocer Su existencia. Estamos llamados a ir más allá, contemplando Su naturaleza infinita y Su amor personal e incondicional.
De hecho, muchos de nosotros hemos escuchado que “Dios es amor”. En otras palabras, Dios no solamente ama o es digno de amor, sino que Él es el amor mismo. La doctrina de la Trinidad nos ayuda a comprender cómo esta afirmación puede ser verdadera. San Agustín observó que, para que exista el amor, no puede haber solamente un solo ser. Debe existir quien ama, quien es amado y el amor mismo—por eso, el amor siempre implica una relación de tres. La doctrina de la Trinidad nos revela que Dios es tres Personas en un solo Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. San Agustín imaginaba a estas tres Personas como el Amante, el Amado y el Amor. Aunque nos cuesta comprender cómo un solo Dios puede ser también tres Personas, sí podemos reconocer que Dios es, en Su esencia más profunda, una comunión de amor. Dios es amor porque es Trinidad.
Las lecturas de hoy iluminan quién es nuestro Dios trinitario, destacando especialmente Su amor y Su misericordia. Como dice el Evangelio: “Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna”. Estas palabras nos recuerdan que el amor de Dios no permanece encerrado solamente entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, sino que se derrama sobre el mundo entero.
Entonces, ¿quién es Dios? Dios es amor—y ama con tanta fuerza que, aun siendo infinitamente perfecto y feliz en Sí mismo, entregó a Su Hijo único—a Sí mismo, a Su Amado—para hacer partícipe a la humanidad de Su vida eterna de amor.
La segunda lectura subraya nuestra invitación a entrar en la comunión amorosa de la Trinidad: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con ustedes”. Esta bendición trinitaria, que también proclamamos durante la Santa Misa, une de manera hermosa a la Trinidad con la gracia, el amor y la comunión. Dios es una comunión de amor que se entrega totalmente—y nos ha creado para formar parte de ella.
Hoy, no tengamos miedo de acercarnos al Misterio de la Trinidad; más bien, contemplemos el eterno intercambio de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y esforcémonos siempre por entrar plenamente en él.
Por favor tengan la certeza de mis oraciones por ustedes frente a Nuestro Señor, presente en el Santísimo Sacramento del Altar.
+ Obispo Schlert
