Reflexión sobre el Evangelio: IV Domingo de Pascua

Salmo Responsorial

Salmo 22, 1-3a. 3b-4. 5. 6

R. El Señor es mi pastor, nada me faltará.

Segunda lectura

1 Pedro 2, 20b-25

Hermanos: Soportar con paciencia los sufrimientos que les vienen a ustedes por hacer el bien, es cosa agradable a los ojos de Dios, pues a esto han sido llamados, ya que también Cristo sufrió por ustedes y les dejó así un ejemplo para que sigan sus huellas.

El no cometió pecado ni hubo engaño en su boca; insultado, no devolvió los insultos; maltratado, no profería amenazas, sino que encomendaba su causa al único que juzga con justicia; cargado con nuestros pecados, subió al madero de la cruz, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia.

Por sus llagas ustedes han sido curados, porque ustedes eran como ovejas descarriadas, pero ahora han vuelto al pastor y guardián de sus vidas.

Evangelio

Juan 10, 1-10

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: "Yo les aseguro que el que no entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por otro lado, es un ladrón, un bandido; pero el que entra por la puerta, ése es el pastor de las ovejas. A ése le abre el que cuida la puerta, y las ovejas reconocen su voz; él llama a cada una por su nombre y las conduce afuera. Y cuando ha sacado a todas sus ovejas, camina delante de ellas, y ellas lo siguen, porque conocen su voz. Pero a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños".

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron lo que les quería decir. Por eso añadió: "Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes que yo, son ladrones y bandidos; pero mis ovejas no los han escuchado.

Yo soy la puerta; quien entre por mí se salvará, podrá entrar y salir y encontrará pastos. El ladrón sólo viene a robar, a matar y a destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia''.

Reflexión

Las lecturas de hoy nos recuerdan que Jesús es nuestra puerta al Cielo. Lo conocemos como pastor—y en verdad es nuestro protector y guía. El salmo responsorial de hoy subraya que nada nos falta porque tenemos al Señor que nos conduce. Sin embargo, el Evangelio añade otra dimensión: Jesús nos dice que Él es la puerta. En otras palabras, somos salvados únicamente por medio de Él.

Nuestra segunda lectura describe cómo es entrar por la puerta de Cristo: imitarlo. En concreto, san Pedro nos enseña que estamos llamados a sufrir con gracia, como lo hizo Jesús. Cristo no respondió con violencia ni devolvió mal por mal, sino que “encomendaba su causa al único que juzga con justicia”. A pesar del tormento que padeció, se confió al Padre. Así también nosotros debemos sufrir con paciencia y abandonarnos a la voluntad de Dios.

Dios llama a algunos hombres y mujeres a imitar de un modo particular la paciencia y el abandono de Cristo: a través del Sacerdocio o la Vida Religiosa. Hoy celebramos la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, y estas lecturas nos recuerdan que debemos escuchar la voz del Pastor que nos llama a nosotros y a quienes nos rodean. Para poder escuchar a nuestro Pastor, debemos dedicarnos a la oración. Además, al pedir al Padre que suscite santos sacerdotes y religiosos en esta diócesis y en todo el mundo, ofrecemos un apoyo invaluable a la Iglesia y a la salvación de las almas.

Abrazar el ejemplo de nuestro Señor sufriente—ya sea a través del sacerdocio, la vida religiosa o llevando nuestras cruces diarias—puede parecer imposible. Sin embargo, sabemos que Jesús ya ha abierto el camino. Como dice Pedro, “por sus llagas [hemos] sido curados”. Sea lo que sea que tengamos que soportar, sabemos que Cristo ha ido delante de nosotros. El sufrimiento de Jesús se convirtió en nuestro medio de salvación, y cuando nos unimos a Él, nuestro sufrimiento participa de Su poder redentor. Esta verdad es la razón por la cual Jesús puede decir que vino para que tengamos vida, y la tengamos en abundancia, aun en medio del dolor. Incluso nuestro sufrimiento, gracias a Cristo, enriquece nuestra vida.

Más aún, Dios es tan infinitamente bueno que muchas veces endulza nuestra vida con consuelos. Como dice el salmista: “…hacia fuentes tranquilas me conduce para reparar mis fuerzas.”. Seguir a Cristo no es solo entrar en Su sufrimiento, sino también acoger Su amor, Su seguridad y Su paz, todo ello arraigado en el Padre. Cuando nos abandonamos al que es perfectamente justo, nos confiamos a Aquel que siempre procurará nuestro mayor bien. Así, al orar por las vocaciones y al discernir nuestro propio llamado, podemos rezar con el salmista: “aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú estás conmigo”.

Sigamos las huellas de Cristo—sufriendo con gracia y gozándonos con gratitud—avanzando hacia el Cielo por medio de Jesús, la puerta.

Por favor tengan la certeza de mis oraciones por ustedes frente a Nuestro Señor, presente en el Santísimo Sacramento del Altar.

+ Obispo Schlert



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