Segunda lectura
1 Pedro 3, 15-18
Hermanos: Veneren en sus corazones a Cristo, el Señor, dispuestos siempre a dar, al que las pidiere, las razones de la esperanza de ustedes. Pero háganlo con sencillez y respeto y estando en paz con su conciencia. Así quedarán avergonzados los que denigran la conducta cristiana de ustedes, pues mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal. Porque también Cristo murió, una sola vez y para siempre, por los pecados de los hombres; él, el justo, por nosotros, los injustos, para llevarnos a Dios; murió en su cuerpo y resucitó glorificado.
Evangelio
Juan 14, 15-21
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y él les dará otro Consolador para que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, sí lo conocen, porque habita entre ustedes y estará en ustedes.
No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes. Dentro de poco, el mundo no me verá más, pero ustedes sí me verán, porque yo permanezco vivo y ustedes también vivirán. En aquel día entenderán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes.
El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama. Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él”.
Reflexión
Las lecturas de hoy nos recuerdan que un aspecto esencial de amar a Cristo es guardar Sus mandamientos. Aunque quisiéramos pensar que los sentimientos de afecto o los cantos de alabanza bastaran, Jesús no deja lugar a dudas: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos”. Hoy también celebramos en Estados Unidos el Día de la Madre. Estas mujeres conocen bien la íntima relación entre la obediencia y el amor. Muchas pueden hablar tanto de las frustraciones que causa un hijo rebelde como de las alegrías de una familia unida en un mismo propósito.
San Pedro también habla de obedecer al Señor, pero añade un punto práctico. Dice que, para transmitir la esperanza que nace de seguir a Cristo, debemos “[estar] en paz con [nuestra] conciencia”, de modo que “[queden] avergonzados los que denigran [nuestra] conducta cristiana…”. En otras palabras, para evangelizar eficazmente, debemos ser irreprochables, demostrando que están equivocados aquellos que buscan criticarnos.
Sí, debemos estar intelectualmente preparados para explicar “las razones de [nuestra] esperanza”, como dice Pedro. Pero parte de esta preparación es también una disposición del alma: el deseo de vivir una vida santa y el compromiso de obedecer los mandamientos de Cristo. Por supuesto, sabemos que esto es más fácil decirlo que hacerlo. A pesar de nuestra buena voluntad, somos pecadores débiles. Sin embargo, esto no significa que no tengamos esperanza.
Al contrario, Jesús conoce nuestro pecado y no nos rechaza por ello. Esta misericordia es un gran motivo de esperanza. Así como una madre amorosa jamás le daría la espalda a un hijo o hija desobediente, también nosotros podemos tener la certeza de que Dios nos ama sin límites, incluso en nuestras caídas.
Otro desafío para nuestra esperanza es la hostilidad del mundo. Jesús también reconoce esta lucha. Él señala que el mundo no puede aceptar al Espíritu de la Verdad, porque ni lo conoce ni lo ve. Nuestro llamado, entonces, es ayudar al mundo a ver y conocer la Verdad viviendo de acuerdo con ella.
Jesús promete que no estamos solos en esta misión. Nuestro Señor insiste en que no nos dejará huérfanos en esta vida. “En aquel día entenderán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes”. Por nuestro Bautismo, Dios viene a habitar en nosotros, y el Espíritu que vive en nosotros dará buenos frutos si cooperamos con Él. Nuestros esfuerzos por sí solos son insuficientes—no hay manera de escapar de esa realidad. Aun así, nos llenamos de alegría porque la gracia de Dios siempre es suficiente.
Hoy, reflexionemos sobre cómo amamos al Señor. Examinemos nuestra conciencia, busquemos el perdón del Señor y comprometámonos una y otra vez a obedecer los mandamientos de Dios por amor a Jesús. Podemos descansar en la certeza de la misericordia de Cristo. Si nos apoyamos en Él, nos transformará en faros de esperanza para el mundo.
Por favor tengan la certeza de mis oraciones por ustedes frente a Nuestro Señor, presente en el Santísimo Sacramento del Altar.
+ Obispo Schlert
