Lea las Lecturas Aquí
En la procesión con palmas - Evangelio
Mateo 21, 1-11
Primera lectura
Isaías 50, 4-7
Salmo responsorial
Salmo 22, 8-9. 17-18. 19-20. 23-24
Segunda lectura
Filipenses 2, 6-11
Evangelio
Mateo 26, 14—27, 66
Reflexión
Las lecturas de hoy nos presentan la Pasión de Cristo—desde el momento de Su entrada triunfal en Jerusalén hasta el sellado de Su sepulcro. El paso de las multitudes que proclaman Su alabanza a los soldados que le escupen nos muestra a un Dios que ha entrado tanto en la alegría humana como en el abandono total. Si alguna vez nos sentimos abandonados, despreciados, torturados y solos, sabemos que Dios mismo lo experimenta con nosotros.
El Señor no solo ofrece empatía en nuestras pruebas, sino también la gracia para perseverar y un ejemplo de cómo es el sufrimiento santo. En Jesús, la verdadera fortaleza se manifiesta y también se nos concede.
Nuestra primera lectura describe la actitud de Cristo en medio de Su pasión: “Pero el Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido, por eso endurecí mi rostro como roca y sé que no quedaré avergonzado”. En efecto, Jesús soporta en silencio la traición, la captura, las burlas y la tortura, firmemente confiado en el plan del Padre, entregándose por nosotros.
Esta fortaleza silenciosa no significa que Jesús no haya sentido angustia; la escuchamos en Su oración en Getsemaní y en Sus palabras desde la cruz. Sin embargo, incluso los momentos de mayor angustia de Jesús se convierten en actos de confianza. Su oración en Getsemaní termina con «Hágase tu voluntad». En la cruz, cita el Salmo 22, el salmo responsorial de hoy: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Con estas pocas palabras, Jesús probablemente quiere evocar toda la oración, que conocía de memoria como judío practicante. Este salmo comienza con un verdadero dolor, pero concluye en alabanza: “Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré…” Así contemplamos un retrato de verdadero sufrimiento y de verdadera santidad.
Ninguno de nosotros podría soportar lo que Jesús soportó con una entrega tan confiada por nuestras propias fuerzas. Cristo no solo muestra esta santidad, sino que también la hace accesible cuando unimos nuestras cruces a la Suya. Jesús no necesitaba sufrir; eligió hacerlo para dar sentido y esperanza a nuestro sufrimiento—y, en última instancia, vencerlo por nosotros.
¡Cuán indignos somos de este don! Las lecturas de hoy son un espejo claro de nuestros corazones inconstantes: alabamos a Jesús cuando la vida va bien, y lo crucificamos cuando nos parece exigente. Sin embargo, el amor de Jesús es eterno.
Jesús nunca ha dejado de encarnar y ofrecer este amor. En cada Misa participamos en cada escena que se despliega en el Evangelio de hoy. La Sagrada Eucaristía hace presente la entrega de Cristo en la Última Cena y en la cruz. Al hacerse Su verdadero Cuerpo parte del nuestro, quedamos plenamente unidos al Salvador que ya ha vencido todo horror.
En este Domingo de Ramos, demos gracias al Señor por mostrarnos la verdadera fortaleza y luego dárnosla por medio de Su cruz, y continuamente a través de Su Iglesia.
Por favor tengan la certeza de mis oraciones por ustedes frente a Nuestro Señor, presente en el Santísimo Sacramento del Altar.
+ Obispo Schlert
