Segunda lectura
1 Pedro 1, 3-9
Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, por su gran misericordia, porque al resucitar a Jesucristo de entre los muertos, nos concedió renacer a la esperanza de una vida nueva, que no puede corromperse ni mancharse y que él nos tiene reservada como herencia en el cielo. Porque ustedes tienen fe en Dios, él los protege con su poder, para que alcancen la salvación que les tiene preparada y que él revelará al final de los tiempos.
Por esta razón, alégrense, aun cuando ahora tengan que sufrir un poco por adversidades de todas clases, a fin de que su fe, sometida a la prueba, sea hallada digna de alabanza, gloria y honor, el día de la manifestación de Cristo. Porque la fe de ustedes es más preciosa que el oro, y el oro se acrisola por el fuego.
A Cristo Jesús no lo han visto y, sin embargo, lo aman; al creer en él ahora, sin verlo, se llenan de una alegría radiante e indescriptible, seguros de alcanzar la salvación de sus almas, que es la meta de la fe.
Evangelio
Juan 20, 19-31
Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.
De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.
Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”.
Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Luego le dijo a Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”. Tomás le respondió: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús añadió: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”.
Otros muchos signos hizo Jesús en presencia de sus discípulos, pero no están escritos en este libro. Se escribieron éstos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre.
Reflexión
La magnitud de la resurrección de Jesús requiere más que un solo día de reflexión; por eso la Pascua es toda una temporada. En este Domingo de la Divina Misericordia, contemplamos la resurrección especialmente como una revelación de la misericordia infinita de Dios.
San Pedro, en la segunda lectura, glorifica a Dios
“…por su gran misericordia, porque al resucitar a Jesucristo de entre los muertos, nos concedió renacer a la esperanza de una vida nueva, que no puede corromperse ni mancharse y que él nos tiene reservada como herencia en el cielo…”
En efecto, aunque no merecemos nada, la misericordia de Dios nos ofrece una herencia perfecta y permanente en el Cielo. Hace apenas dos semanas, clamábamos con las multitudes de Jerusalén: “¡Crucifícalo!”, al leer el relato de la Pasión el Domingo de Ramos. También la semana pasada recordamos el odio con que la humanidad dio muerte a Nuestro Señor el Viernes Santo. Todos nosotros hemos participado en esa atrocidad cada día por medio de nuestros pecados. Sin embargo, la misericordia de Dios no nos condena. Jesús venció todo pecado cuando resucitó de entre los muertos. Mientras seguimos celebrando la Pascua, no solo recordamos la grandeza del poder de Jesús, sino también la grandeza de Su misericordia.
El Evangelio de hoy nos recuerda que puede ser difícil vivir como si la resurrección hubiera ocurrido. No podemos ver al Señor resucitado, y la hostilidad del mundo puede hacernos querer escondernos en una habitación cerrada. El miedo y la duda dominan a los apóstoles, que permanecen escondidos incluso después de que el Señor se les ha aparecido. Tomás, en particular, parece tener dificultades, incapaz de creer hasta ver a Cristo por sí mismo. La segunda lectura también aborda este tema de la lucha, mencionando que sufriremos pruebas en esta vida.
Jesús le recuerda a Tomás y nos recuerda a todos nosotros que son: “dichosos los que creen sin haber visto”. En otras palabras, es un don tener fe incluso sin las señales o la certeza que desearíamos. San Pedro nos ofrece un mensaje similar:
“A Cristo Jesús no lo han visto y, sin embargo, lo aman; al creer en él ahora, sin verlo, se llenan de una alegría radiante e indescriptible, seguros de alcanzar la salvación de sus almas, que es la meta de la fe.”
Jesús y Pedro no nos están mandando a tener una fe ciega e irracional. Más bien, están señalando la alegría y la dicha que nacen de la fe. Los tiempos oscuros de duda y sufrimiento, como explica San Pedro, actúan como el fuego que purifica el “oro precioso” que es nuestra fe. A través de las pruebas, si aprendemos a confiar en la misericordia infinita de Dios, siempre tendremos motivo para alegrarnos.
Por favor tengan la certeza de mis oraciones por ustedes frente a Nuestro Señor, presente en el Santísimo Sacramento del Altar.
+ Obispo Schlert
