Reflexión sobre el Evangelio: XXVIII Domingo ordinario

Primera lectura

Isaίas 25, 6-10

En aquel día, el Señor del universo
preparará sobre este monte
un festín con platillos suculentos
para todos los pueblos;
un banquete con vinos exquisitos
y manjares sustanciosos.
Él arrancará en este monte
el velo que cubre el rostro de todos los pueblos,
el paño que oscurece a todas las naciones.
Destruirá la muerte para siempre;
el Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros
y borrará de toda la tierra la afrenta de su pueblo.
Así lo ha dicho el Señor.

En aquel día se dirá:
"Aquí está nuestro Dios,
de quien esperábamos que nos salvara.
Alegrémonos y gocemos con la salvación que nos trae,
porque la mano del Señor reposará en este monte".

Evangelio

Mateo 22, 1-14

En aquel tiempo, volvió Jesús a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: "El Reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo. Mandó a sus criados que llamaran a los invitados, pero éstos no quisieron ir.

Envió de nuevo a otros criados que les dijeran: 'Tengo preparado el banquete; he hecho matar mis terneras y los otros animales gordos; todo está listo. Vengan a la boda'. Pero los invitados no hicieron caso. Uno se fue a su campo, otro a su negocio y los demás se les echaron encima a los criados, los insultaron y los mataron.

Entonces el rey se llenó de cólera y mandó sus tropas, que dieron muerte a aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.

Luego les dijo a sus criados: 'La boda está preparada; pero los que habían sido invitados no fueron dignos. Salgan, pues, a los cruces de los caminos y conviden al banquete de bodas a todos los que encuentren'. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala del banquete se llenó de convidados.

Cuando el rey entró a saludar a los convidados vio entre ellos a un hombre que no iba vestido con traje de fiesta y le preguntó: 'Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?' Aquel hombre se quedó callado. Entonces el rey dijo a los criados: 'Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la desesperación. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos".

Reflexión

Al escuchar el Evangelio de hoy, nos asombra que los invitados ignoren la invitación al banquete de bodas y nos horroriza que algunos maltraten y maten a los mensajeros del rey. Parece absurdo que alguien rechace algo tan bueno por algo tan inferior. Sin embargo, cada pecado que cometemos es una manifestación de esa misma insensatez.

El filósofo Peter Kreeft ha llamado al pecado "locura". El pecado prefiere algo finito a algo infinitamente bueno. Isaías nos habla de los bienes infinitos que nos esperan: "un festín con platillos suculentos; un banquete con vinos exquisitos y manjares sustanciosos”. ¿Qué migajas tan insignificantes estamos eligiendo en su lugar? ¿De qué maneras hemos rechazado la invitación al banquete de bodas del Cielo?

La segunda parte de la parábola revela otro peligro: la presunción. Un invitado acepta la invitación, pero llega sin el traje de bodas. Quiere disfrutar del banquete sin honrar verdaderamente al Hijo del Rey. Por esta presunción, es atado y expulsado. De igual manera, llamarnos cristianos no nos exime de vivir como cristianos. El verdadero deseo de seguir a Cristo exige actuar. Exige dar fruto.

Algunos estudiosos han planteado la hipótesis de que el Rey mismo proporcionaba los trajes de bodas y que, por lo tanto, el invitado que no llevaba uno no solo estaba desprevenido, sino que había rechazado a su anfitrión. Independientemente de que esta fuera o no la costumbre, se trata de una verdad teológica. No tenemos que prepararnos para el Cielo por nuestros propios medios. Dios nos proporciona todo lo que necesitamos para dar fruto en el mundo—para comportarnos como hijos Suyos. Solo necesitamos cooperar con Él.

El Evangelio concluye: "Porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos". Dios quiere que todos disfruten del paraíso con Él; para eso nos creó. Todos están invitados, "malos y buenos por igual". Sin embargo, la fe y el amor no son meras palabras ni manifestaciones vacías. Para que la fe esté verdaderamente viva y exista la caridad, ambas deben transformar nuestra manera de vivir.

En cada Misa, escuchamos la invitación al banquete: "Dichosos los invitados a la cena del Señor". La Santísima Eucaristía es un anticipo del banquete de bodas del Cielo. Acerquémonos a ella debidamente vestidos con nuestros trajes de bodas: habiendo examinado nuestra conciencia, confesado nuestros pecados graves y aceptado la continua oferta de la gracia de Dios. Alimentados con este manjar celestial y procurando revestirnos de Cristo continuamente, esperamos estar preparados cuando llegue el llamado de Dios a entrar en el Cielo. Entonces, al final de nuestros días, oraremos con las palabras de Isaías: "Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara. Alegrémonos y gocemos con la salvación que nos trae, porque la mano del Señor reposará en este monte".

Por favor tengan la certeza de mis oraciones por ustedes frente a Nuestro Señor, presente en el Santísimo Sacramento del Altar.

+ Obispo Schlert



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