Reflexión sobre el Evangelio: XXIX Domingo ordinario

Primera lectura


Isaίas 45, 1. 4-6


Así habló el Señor a Ciro, su ungido,
a quien ha tomado de la mano
para someter ante él a las naciones
y desbaratar la potencia de los reyes,
para abrir ante él los portones
y que no quede nada cerrado:
"Por amor a Jacob, mi siervo, y a Israel, mi escogido,
te llamé por tu nombre y te di un título de honor,
aunque tú no me conocieras.
Yo soy el Señor y no hay otro;
fuera de mí no hay Dios.
Te hago poderoso, aunque tú no me conoces,
para que todos sepan, de oriente a occidente,
que no hay otro Dios fuera de mí.
Yo soy el Señor y no hay otro".

Evangelio

Mateo 22, 15-21

En aquel tiempo, se reunieron los fariseos para ver la manera de hacer caer a Jesús, con preguntas insidiosas, en algo de que pudieran acusarlo.

Le enviaron, pues, a algunos de sus secuaces, junto con algunos del partido de Herodes, para que le dijeran: "Maestro, sabemos que eres sincero y enseñas con verdad el camino de Dios, y que nada te arredra, porque no buscas el favor de nadie. Dinos, pues, qué piensas: ¿Es lícito o no pagar el tributo al César?"

Conociendo Jesús la malicia de sus intenciones, les contestó: "Hipócritas, ¿por qué tratan de sorprenderme? Enséñenme la moneda del tributo". Ellos le presentaron una moneda. Jesús les preguntó: "¿De quién es esta imagen y esta inscripción?" Le respondieron: "Del César". Y Jesús concluyó: "Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios".

Reflexión

Cuando los fariseos intentan tenderle una trampa a Jesús en el Evangelio — buscando que se meta en problemas, ya sea con Roma o con el pueblo oprimido por los romanos — Jesús ve claramente sus intenciones. Esperemos que ninguno de nosotros se acerque al Señor con semejante malicia. Sin embargo, a todos nos haría bien recordar que Jesús conoce nuestro corazón mejor que nosotros mismos. Por eso, cuando nos acercamos a Dios en oración, debemos presentarnos ante Él tal como somos, con toda nuestra sinceridad y sin ocultar nada. Esta realidad es, al mismo tiempo, un desafío y un consuelo. Así como Jesús vio las verdaderas intenciones de los fariseos, también ve más allá de cualquier actitud fingida. Pero el hecho de que Cristo nos conozca tan bien también nos libera de la presión de tener que expresarnos de cierta manera o decir algo en particular.

En la primera lectura, el Señor se dirige a Ciro por medio de Isaías: "te llamé por tu nombre y te di un título de honor, aunque tú no me conocieras". En cierto modo, estas palabras también nos las dirige a todos nosotros. Él nos conoce perfectamente, incluso si nosotros no lo conocemos a Él. Cuando acudimos a Él en oración, podemos descansar en la presencia de Aquel que nos ve exactamente como somos y como podemos llegar a ser, y que nos ama incondicionalmente.

El Señor no solo nos conoce, independientemente de que lo reconozcamos o le obedezcamos, sino que también nos sostiene. Dios no es el líder más poderoso del mundo que busca dominar a la mayor cantidad de personas posible. Él es el Ser mismo, quien mantiene todas las cosas en la existencia. Por eso, la autoridad de Dios no compite con el poder terrenal; más bien, el poder terrenal depende por completo de Dios. Nada existe sin Dios. No hay César sin Dios. En otras palabras, todos pertenecemos a Dios, lo sepamos o no. Como dice el Señor por medio de Isaías: "Te hago poderoso, aunque tú no me conoces...".

Esta realidad es fundamental para comprender la respuesta de Jesús a los fariseos: "Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios". La moneda que le presentan a Jesús en el Evangelio lleva la imagen del César, pero todos nosotros llevamos la imagen de Dios, nuestro Creador.

No hay nada intrínsecamente malo en establecer autoridades gubernamentales y obedecerlas. El Catecismo enseña que el orden moral requiere una autoridad legítima y que esta autoridad proviene de Dios. Aun así, recordamos que somos ciudadanos del cielo antes que ciudadanos de la tierra y que nuestra ciudadanía celestial está por encima de cualquier ciudadanía terrenal.

Debemos esforzarnos por orientar la vida política de acuerdo con los valores universales que Dios nos ha dado: la verdad y el bien. Los invito a unirse a mí en la oración por nuestros líderes y para que todos recibamos la sabiduría necesaria para cumplir la voluntad de Dios en todas las cosas. Dentro de un par de semanas, también podremos poner de nuestra parte votando por representantes que defiendan la verdad y el bien. Al mismo tiempo, buscamos entregar toda nuestra vida al Señor, incluyendo nuestra participación política, pues Él nos conoce y nos ama perfectamente. Así damos a Dios lo que es de Dios.

Por favor tengan la certeza de mis oraciones por ustedes frente a Nuestro Señor, presente en el Santísimo Sacramento del Altar.

+ Obispo Schlert



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