Segunda lectura
Romanos 11, 33-36
¡Qué inmensa y rica es la sabiduría y la ciencia de Dios! ¡Qué impenetrables son sus designios e incomprensibles sus caminos! ¿Quién ha conocido jamás el pensamiento del Señor o ha llegado a ser su consejero? ¿Quién ha podido darle algo primero, para que Dios se lo tenga que pagar? En efecto, todo proviene de Dios, todo ha sido hecho por él y todo está orientado hacia él. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Evangelio
Mateo 16, 13-20
En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: "¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?" Ellos le respondieron: "Unos dicen que eres Juan, el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas".
Luego les preguntó: "Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?" Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo".
Jesús le dijo entonces: "¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo".
Y les ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.
Reflexión
Las lecturas de la Misa de hoy nos ofrecen una visión de la pregunta central de las Sagradas Escrituras: ¿Quién es Dios? En estos pasajes experimentamos el misterio y la majestad de Jesucristo, quien es la revelación más plena de Dios a nosotros. Inevitablemente, nos costará comprender plenamente al Ser Divino que nos creó, nos sostiene y nos ama, pero, por Su gracia, podemos conocerlo, amarlo y servirlo.
En su carta a los Romanos, san Pablo nos recuerda que hay mucho que no podemos, y que nunca podremos, comprender acerca de Nuestro Señor; y, sin embargo, reconocemos que Él es digno de alabanza. "¡Qué inmensa y rica es la sabiduría y la ciencia de Dios! ¡Qué impenetrables son sus designios e incomprensibles sus caminos!" Estas palabras subrayan que los caminos de Dios están más allá de nuestra plena comprensión y que, aunque quizá este misterio pueda resultarnos frustrante, es una prueba de la sabiduría incomparable de Dios. Por eso, este misterio es motivo para alabarlo. Como concluye san Pablo: "A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén". Cada vez que no comprendamos el plan de Dios, recordemos que Su inescrutabilidad es prueba de que Él es infinitamente más grande que nosotros, y demos gracias porque Él guía a cada uno de nosotros.
En el Evangelio vemos qué don tan profundo de la gracia es reconocer a Jesús como "el Mesías, el Hijo de Dios vivo". Conocer a Jesús, incluso de la manera imperfecta y limitada en que lo hicieron san Pedro y los Apóstoles, es una bendición inmensa. Jesús le dice: "¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos!" Esta gracia fue tan extraordinaria que Jesús eligió a san Pedro como nuestro primer Papa y le entregó "las llaves del Reino de los cielos". Así, podemos ver que, aunque somos incapaces de comprender perfectamente a Dios, conocerlo, incluso de manera imperfecta, es un don bendito y no motivo de frustración.
Por supuesto, conocer a Jesús no convierte a cada uno de nosotros en un Papa. Sin embargo, reconocer el señorío de Cristo, junto con la recepción del Sacramento del Bautismo, nos incorpora a la Iglesia que Pedro y los Papas que le han sucedido han protegido. Podemos alegrarnos por la promesa de Jesús de que "los poderes del infierno no prevalecerán contra ella" — es decir, contra nosotros.
Demos gracias hoy por nuestra fe cristiana católica. El plan de Dios para nosotros y para Su Iglesia, guiada a lo largo de los años por el Espíritu Santo bajo el liderazgo de los Papas, puede no ser siempre claro para nosotros. Sin embargo, podemos alabar a Dios aun en medio de nuestra confusión, reconociendo que, aunque no veamos sus razones, sabemos que Él es perfectamente sabio.
Por favor tengan la certeza de mis oraciones por ustedes frente a Nuestro Señor, presente en el Santísimo Sacramento del Altar.
+ Obispo Schlert
